Imágenes de ensueño y paisajes sublimados como escenas cinematográficas en Hollywood
Un caballo con orejas puntiagudas y una mirada exorbitada asoma su cabeza por un telón de terciopelo, el clásico elemento teatral. Es el tema principal del cuadro Der Nachtmahr de Johann Heinrich Füssli. El animal - que simboliza el instinto natural – y las prendas de la bella durmiente - que dibujan sus delicadas formas – forman una mezcla sensual y excéntrica de espanto y de deseo sexual. Mientras que Füssli acerca íntimamente la pesadilla a la muerte, Hansruedi Giger, en su óleo Der Tod, lleva a la bella dama al reino de los muertos. Bajo forma de una creatura hermafrodita, mitad humana y mitad animal, el monstruo se afana sobre la mujer desnuda. La cola simboliza una impulsividad casi volcánica, mientras que el cráneo anuncia el instante de una muerte inminente. Tanto la posición como la expresión amenazadora de ese monstruo ávido, son de un soberbio horripilante. Mientras que Füssli exibe a su bella durmiente en tanto cuerpo femenino erotizado, Giger va más allá de esa temática, recargándola de pulsiones sexuales, de concupiscencia y de fuerzas oscuras.
Con su célebre cuadro Die Toteninsel (1880), Arnold Böcklin crea un paisaje místico que define la naturaleza y la historia como grandes temas de su época. Combinando varios aspectos y géneros mitológicos, Böcklin eleva la arquitectura, el paisaje y los personajes hacia un mismo nivel. Mientras que las obras de sus contemporáneos muestran a los domingueros que transitan por los bulevares, Böcklin opta por darle consistencia a sus visiones surrealistas y fantásticas sirviéndose de elementos de la mitología antigua. Soprende mediante extrañas ideas gráficas y efectos de color simbólicos. Este procedimiento le inspiró a Giger su adaptación, Hommage à Böcklin (1977), que muestra sin duda alguna, su fascinación por este pintor suizo del siglo XVII. El diseñador gráfico subraya el efecto misterioso deseado por Böcklin, exagerándolo claramente y le asocia luego unas expresiones mórbidas que se encuentran a menudo en su obra.
El ilustrador John Howe, establecido actualmente en Suiza, ha participado al concepto de diseño de la película The Lord of the Rings. En sus numerosos trabajos sobre la obra de John Ronald Reuel Tolkien, Howe incorpora escenas fantásticas sobre formaciones de montañas realistas, que combina con castillos y representaciones de naturaleza metafórica. Para The Silmarillion de Tolkien, Howe fabrica una costa romántica con atmósfera vespertina para representar el Cape Forostar. El agua que surge y los acantilados que se elevan abruptamente y que contrastan con una superficie aterciopelada, constituyen una manifestación de lo sublime. De la misma manera que en el cuadro Hautes alpes, glacier et pics neigeux de Felix Vallotton, el agua constituye un elemento sobre el cual la mirada se detiene. La nieve sobre una montaña – que se yergue en diagonal sobre la imagen – no parece helada, sino suave y blanda como una nata batida. La fascinación por elementos naturales, como pueden ser las piedras o el agua, es obviamente una constante en el arte pictórico o cinematográfico. En Howe, la roca aparece nuevamente bajo aspecto de una superficie puntiaguda, llena de escollos, de peñascos escarpados o de cuevas con formas extrañas. Howe subraya así, tanto la viveza de las distintas formas que esa substancia inerte puede tomar, como su enorme potencial de ilustración.
Con el ordenador, Deak Ferrand transforma radicalmente los paisajes. El verano se convierte en invierno, los mundos intactos se vuelven ruinas. Sin embargo, los artistas de imágenes digitales siguen recurriendo a técnicas tradicionales para construir el andamiaje de algunas escenas cinematográficas. En películas como What Dreams may come o Hellboy, las cadenas montañosas están omnipresentes y forman el decorado gigantesco de un submundo tenebroso. Para esos dos films, pero también para otros, Deak Ferrand no sólo diseñó panoramas monumentales, sino que también coloreó cavernas en azul y marrón. Tal como lo hacía ya Caspar Wolf, quien plasmaba en sus representaciones de grutas, cierto sentimiento del romanticismo que ponía en relieve, la búsqueda del principio creador y misterioso de la naturaleza, o el regreso a los orígenes del mundo. Su cuadro Blick aus dem Inneren der Beatushöhle (1777) nos muestra, con una perspectiva impresionante, la fuerza natural simbólica que proviene del interior de la montaña pedregosa. Al salir de la penumbra de la gruta, Wolf devela un paisaje lleno de luz, enmarcado por la abertura en el macizo montañoso. De forma similar, Ferrand dispone rocas en el interior de la cueva. Colorea entonces la gruta con un azul intenso, un color que apasionó sobre todo a los artistas del romanticismo quienes lo atribuían particularmente a la nostalgia del espíritu.
Existe una version integral de este texto en alemán y en francés, disponibles en este sitio internet.