Jugando con el arte

Julian Oliver

A pesar de ser tan reciente, la industria del juego se ha impuesto como actriz principal en el ámbito de la diversión, y resulta más lucrativa aún que el cine. Subsiste sin embargo una pregunta al respecto, a saber, si más allá del trabajo de diseño se le puede considerar como un arte. Algunos rechazan de plano entrar en materia, pues consideran que los videojuegos son inferiores a los films o a la literatura. Pero ¿cómo comparar la experiencia de una obra de arte tradicional, preparada de forma inmutable por un artista, con un videojuego que tan solo existe a través de su interacción con el espectador?

El videojuego perturba la relación tradicional entre el medio y su espectador. Un videojuego debe manipularse para su consumo, jugar se convierte así, en una manera de interpretar. La interacción pasa por la interpretación de esquemas, temas y signos abstractos que constituyen la obra. Es precisamente ese lenguaje abstracto, tanto como la gran popularidad y las posibilidades estéticas del medio, las que llevaron a varios artistas a integrar el videojuego en sus realizaciones. Paralelamente, al margen de los productos puramente comerciales, se ha desarrollado una categoría de videojuegos, promovidos explícitamente bajo la etiqueta de “artísticos”.

Un videojuego descansa sobre una gran variedad de elementos (sonidos, imágenes, código, etc.) y algunos de ellos precisan competencias técnicas avanzadas. La inversion es considerable y a menudo fuera de alcance para los propios artistas, pero existen varias soluciones alternativas:

Pese a que varios juegos han sido desarrollados usando esos procedimientos, para los artistas es algo limitado. Además, la noción de autoría de la obra es ambigua pues la relación entre el juego original y su derivado es compleja. Entre los ejemplos más originales, están varias obras que han “desviado” videojuegos, para poner al espectador en lugares reales que no hubiese podido visitar, como el centro de detención de inmigrantes de Woomera en Australia (Escape From Woomera). No obstante, para muchos, la noción de juego se opone, no solo al arte, sino también a la manera de tratar temas sensibles o políticamente comprometidos.

Otra posibilidad para los artistas consiste en trabajar con instrumentos open source, es decir libres y gratuitos. Se requiere un trabajo mayor, pero en compensación, se obtiene un resultado independiente de todo lazo comercial. Esta autonomía autoriza la creación de obras únicas, como flOw (ThatGameCompany, 2007) o Endless Forest (Tale of Tales, 2005).

No hay duda de que el videojuego inspira a los artistas, pero como todo medio nuevo, invita a poner nuevamente en cuestión la definición del arte. Henry Jenkis, profesor en el MIT, propone un análisis progresista de esta evolución en su artículo Art Form for the Digital Age (2000): “el videojuego representa un nuevo arte vivo, es tan apropiado para la era numérica como los medios precedentes lo eran para la era mecánica.”

Al fin de cuentas, decidir si el videojuego es arte, o no, es de poca relevancia, pues además de haber encontrado su lugar en varios museos y galerías, todos concuerdan ya para reconocerle uno de los principales atributos del arte, a saber : una influencia duradera sobre la cultura y otras formas de artes tradicionales.

 

Existe una versión integral de este texto en inglés, disponible en el sitio internet.